Fundación Chankuap: Fábrica de Cosméticos en la Amazonía

Este artículo fue originalmente publicado por Ecosystem Marketplace. Traducido por Gabriela Albuja.

El Padre Silvio Broseghini no conocía nada sobre marketing o logística cuando creó la Fundación Chankuap en 1996. Sin embargo, eso no lo detuvo en su misión de ayudar a los indígenas Achuar y Shuar a desarrollar una industria sostenible de cosméticos basada en el aceite de plantas poco conocidas.

28 Agosto 2017 – El pueblo de Wasakentsa está ubicado en las faldas de las montañas Cutucú, al filo de la Amazonía, en una zona de transición que hospeda una serie de plantas raras y frecuentemente valiosas que los indígenas Achuar y Shuar usan para la elaboración de jabones y cosméticos.

Es una industria artesanal que se desarrolló a partir de las acciones de un padre italiano llamado Silvio Broseghini, que llegó hace más de 30 años para construir una escuela pero encontró a los niños demasiado enfermos y hambrientos como para enfocarse en el estudio. Él decidió mejorar la calidad de vida de las familias y se embarcó en una larga travesía de pruebas, fallas y adaptación y su fundación ahora ayuda a más de 550 productores de la región.

La travesía empezó en 1996, cuando el Padre Broseghini creó la Fundación Chankuap  para ayudar a comunidades indígenas a promocionar sus productos en la ciudad cercana de Macas. El proceso continuó después de su muerte en 2006 y está desarrollándose hasta el día de hoy.

Los Inicios

El Padre Broseghini salió de su natal Italia hacia Ecuador en los años 1960s y se había vuelto adepto a navegar el mundo indígena y el mundo exterior antes de arribar en Wasakentsa en los años 1990s. A pesar de que su fuerte era la educación, sabía lo suficiente sobre desarrollo económico para entender que las personas necesitaban una institución formal que los conectara con el mundo exterior.

“Se buscó una alternativa para ayudar a las familias del bosque a superar las dificultades económicas y se decidió que la forma más conveniente era creando una fundación,” dijo poco antes de su muerte. “Hay dificultades pero éstas pueden ser superadas si todos nos sentimos responsables de esta utopía: la erradicación de la pobreza, la esperanza de una vida digna para los seres humanos.”

Él usó sus contactos para reclutar agrónomos y abogados para la junta de directores de la fundación. Una de las primeras acciones de la fundación fue ayudar a diferentes miembros de la Nación Achuar a crear un acuerdo de cooperación. Esto esencialmente formalizó las redes informales que ya se usaban, pero de una manera que serían reconocidas bajo la ley ecuatoriana. Después empezaron a ayudar a los agricultores indígenas a combinar sus métodos tradicionales con técnicas de agricultura orgánica moderna.

Internamente, la fundación se enfocó en recuperar semillas para cultivos de maní, cacao y jengibre, de manera que los agricultores puedan aumentar su cosecha sin comprar insumos extremamente caros. Externamente, la fundación empezó buscando maneras de certificar los productos como orgánicos – un esfuerzo que se complicaba por el hecho de que las comunidades estaban distribuidas a lo largo de 70 mil hectáreas y los procesos de producción y condiciones variaban de región a región.

Es por ello que la fundación reclutó y entrenó a “promotores” quienes eran miembros comunitarios calificados para enseñar procedimientos estandarizados para los agricultores a lo largo del territorio. Introdujeron suficiente estandarización y verificación para obtener una certificación orgánica de la organización alemana BCS Oko Garantie en 1998.

Eso les permitió tener un producto para la venta pero ni la junta ni las comunidades tenían experiencia en marketing o logística.

Trabajador subiendo un árbol de ungurahua para recolectar sus frutos

Avanzando en la cadena de valor

La comunidad está a dos días de viaje en barco de la ciudad más cercana, Macas, por lo que la fundación organizó un transporte aéreo semanal. Ello colocó a los productos en el mercado, pero a un costo de casi 50 centavos por libra (Ecuador abandonó su propia moneda, el Sucre, en el año 2000 y ha usado los dólares americanos desde entonces).

El Padre Broseghini pronto se dio cuenta que para competir, los agricultores debían entregar productos con mayor valor agregado – como los aceites que solían extraer de plantas locales.

Un aceite en particular, el del árbol de ungurahua, ha sido tradicionalmente usado para incrementar la fuerza y el brillo del cabello, por lo que el Padre Broseghini contactó y pidió soporte a Ctm Altromercado, una organización de comercio justo en su tierra natal Italia. Altromercado respondió proporcionando prensas manuales para la extracción de aceites esenciales y las comunidades pronto empezaron a producirlos en pequeños frascos.

Desafortunadamente, los números no sumaban así que el Padre Broseghini volvió a recurrir a su tierra natal – esta vez a la ONG italiana VIS (Voluntariato Internazionale per lo Sviluppo) que había trabajado con su Orden Salesiana y ellos propusieron que el negocio avance con pasos más firmes en la cadena de valor de cosméticos producidos por grupos indígenas.

“Fue entonces que empezamos a desarrollar la línea de cosméticos Ikiam, que ahora cuenta con 20 productos,” dice Paul Arevalo, el director comercial de la fundación. “A través de estos productos pudimos darle uso a las materias primas.”

Una fábrica en el bosque

Con los consejos de manejo de VIS, la fundación construyó una pequeña planta de procesamiento y empezó a ofrecer acuerdos de compra – esencialmente prometiendo a los productores comprar todo el aceite orgánico disponible. Hoy en día, la planta compra y purifica los aceites y contrata otros miembros de la comunidad para producir lociones, champús y jabones.

Los productos con valor agregado generaron suficientes ingresos como para superar los costos de transporte pero para realmente incrementar las ventas debían certificar todos sus productos como orgánicos – en lugar de solo algunos ingredientes.

Para entonces, miembros Achuar y Shuar habían aprendido a trabajar con redes de mujeres indígenas que vendían artesanías en Macas, Guayaquil y Quito – y que introdujeron Ikiam en sus líneas de productos. Luego, la fundación comenzó a mandar los representantes más efectivos a ferias de negocio alrededor del mundo – obteniendo compradores internacionales y aprendiendo sobre el proceso de certificación europeo.

Conforme crecía el emprendimiento comercial, la fundación empezaba a auto sustentarse. Hoy en día cubre la mayoría -aunque no todos- los costos operacionales y lo hace a través de comisiones en lugar de donaciones. Ha crecido hasta tener 550 proveedores pero aún carece de capacidad para ayudar a otras comunidades a crecer.

“A veces miembros de las comunidades llegan y nos dicen, ‘Quiero que mi producción sea garantizada por medio de su marketing,’” dice Arevalo. “Desafortunadamente, la limitación económica y de recursos humanos no nos permite acomodarlos, por lo que tenemos que pedirles que se auto organicen, reúnan a más personas interesadas de manera que se pueda llegar con un equipo entero de trabajo a la comunidad y entrenarles y darles asistencia técnica.”

Él dice que la fundación ha tratado de forjar alianzas con otras instituciones pero ha tenido dificultades encontrando aliados ideales – aunque el año pasado fue finalista por el Premio Latinoamericano de Experiencias Innovadoras, que fue otorgado por Canopy Bridge, la plataforma online que conecta consumidores conscientes en temas ambientales con productores sostenibles. Entró en el concurso para conseguir apoyo y lograr la certificación de sus cremas.

No ganó el premio pero sí la certificación, en junio.

 


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