Bailique: el protocolo comunitario que dio frutos

 

Iván Ulchur Rota

El açaí (Euterpe oleracea) es un pequeño fruto negro que cuelga de los topes de palmeras en las zonas bajas e inundables en la Amazonía. En el archipiélago amazónico de Bailique, en el noreste de la Amazonía brasileña, sus cultivadores trepan las largas y delgadas palmeras atando sus pies con una cuerda para formar una especie de gancho con el que se aferran al tronco. Así van saltando verticalmente hasta la punta. Ya arriba, trepados a más de 12 metros sobre el suelo, saltan de rama en rama y de árbol en árbol con el machete que utilizan para cortar los racimos amarrado a sus pantaloncillos. Y de esta forma han cosechado açaí por años.

Debido a sus propiedades nutricionales, la fruta del açai está cada vez más de moda en Brasil y, poco a poco, es más reconocida en el resto de América Latina. Esto puede ser un arma de doble filo ya que la expansión comercial de productos en zonas de la biodiversidad no siempre ha beneficiado directamente a sus productores. En Bailique, sin embargo, este fruto hace parte de un proceso de empoderamiento comunitario innovador y único. Mientras que para muchos proyectos de desarrollo económico lo productivo y comercial han antecedido a la organización comunitaria, en Bailique –con el proyecto Protocolo Comunitario de Bailique– fue al revés.

El proyecto fue propuesto a las comunidades de Bailique en 2013 por la ONG brasileña Grupo de Trabajo Amazónico, una red de instituciones de la Amazonía brasileña. Los líderes de las comunidades aceptaron sin necesariamente estar enfrentando una amenaza o conflicto directo; fue una decisión pensada en facilitar su propia organización. Ahora, el cultivo del açaí es un elemento integral de esta iniciativa que involucra a gran parte de la comunidad del archipiélago.

En 2016, después de tres años, los pobladores de Bailique establecieron el primer protocolo comunitario en su historia. Este instrumento, reconocido como documento vinculante por la ley brasileña, está diseñado para facilitar el manejo comunitario y responsable de sus recursos naturales. Es un plan organizacional, una estrategia de trabajo, facilitada en conjunto por consultores externos y líderes locales que  enfatiza el proceso por sobre los resultados inmediatos, pero que en el caso de Bailique y sus cultivadores de açaí  dio frutos –en sentido literal– muy rápidamente.

Roberta Ramos, una de las consultoras de Grupo de Trabajo Amazónico, facilita la implementación del protocolo. Ella explica que el protocolo comunitario está pensado como una medida “proactiva” para el mejoramiento de las comunidades. Su objetivo es preparar a sus miembros a mapear sus propios sistemas de gobierno, definir procedimientos en la toma de decisiones y establecer criterios documentados y legales para el manejo de sus recursos naturales. “No es una imposición”, dice Ramos y explica que los protocolos están diseñados para que sea la propia comunidad la que maneja los procesos de mapeo y documentación procedimental a través de talleres y conversatorios.  

De las 51 comunidades de Bailique, 36 participaron del proceso. Con talleres, asambleas, y reuniones informales, se formó finalmente la Asociación de Comunidades Tradicionales de Bailique, como cuerpo representante de la comunidad para la toma de decisiones respecto a sus recursos naturales. “Era difícil trabajar con el gobierno, así que esto facilitaba el trabajo directo con las comunidades”, cuenta Ramos sobre su experiencia con ACTB.

Las comunidades en Bailique son muy pobres, por lo que el aprovechamiento de sus recursos renovables de manera sostenible podría significar cambios positivos. Es romper con el ciclo de pobreza y de depredación ambiental a la vez. “A Bailique le faltan todo tipo de servicios: salud, electricidad, agua potable”, dice Ramos. Aunque la pesca es una fuente de ingreso, sin electricidad garantizada no siempre hay hielo para vender el pescado adecuadamente.

En Bailique también se producen aceites esenciales y plantas medicinales utilizadas dentro de las mismas comunidades. Sin embargo, los ingresos de la venta de estos productos no siempre son suficientes. “Antes no había un sistema de comercialización eficiente”. Priorizar con el protocolo el desarrollo de un mercado para el açaí –abundante y silvestre– por eso era la opción más conveniente. Así se identificaron los beneficios y desafíos técnicos y sociales de extraer la fruta en lugar de talar la palma. Todo se hizo desde adentro, organizando el conocimiento y la experiencia de los mismos productores locales.

La cronología habla por si sola:  el proceso del protocolo terminó en diciembre de 2014. En mayo 2016, la Asociación de Comunidades Tradicionales de Bailique se comunicó  con Forest Stewardship Council  (FSC), una ONG compuesta por representantes de diversos sectores de la sociedad que desarrolla protocolos para implementar y evaluar prácticas socio ambientales responsables en el manejo forestal. Su objetivo era vender la fruta de açaí con sello FSC en las olimpiadas de Brasil 2016.  FSC enfatiza el manejo forestal de la producción de acuerdo a diez principios generales de responsabilidad” con el bosque en torno  al bienestar y seguridad de productores, el desarrollo de una economía sostenible, y conservación de la biodiversidad. De acuerdo a Ramos, éste es un proceso generalmente complejo, exhaustivo y largo que incluye la evaluación y seguimiento del plan, una estrategia definida y resultados bien documentados por parte de los productores considerados para recibir el sello.

El proceso en Bailique, sin embargo, duró menos de un año. Para diciembre de 2016, el açaí ya tenía sello. ¿Cómo? Gracias a la organicidad de la propia comunidad de cultivadores. “En junio de 2016 Imaflora fue invitada a presenciar el funcionamiento en uno de los encuentros del Protocolo Comunitario de Bailique. Para diciembre, las comunidades ya se habían adecuado a los requisito.” explica Junia Karst Caminha Ruggiero de la certificadora forestal Imaflora, un organismo certificador brasileño sin fines de lucro que promueve transformaciones agrícola y forestales. Según ella, “eso demuestra la capacidad de organización y la facilidad con la que los principios de FSC fueron incorporados al manejo de açaí por las comunidades de Bailique.” Esta eficiencia –inédita en procesos como éstos– demostró el potencial de establecer protocolos comunitarios para “empoderar comunidades y promover el manejo sostenible de sus recursos”.  Es evidencia muy clara, además, de la interdependencia entre lo social y lo ambiental.

Aunque todo este proceso tiene como objetivo generar ingresos para los productores, para Ramos su elemento más importante es ser parte de una estrategia más amplia para establecer un nuevo sistema educativo en su territorio. De esta forma, cinco por ciento de lo recaudado de las ventas de acai irá para financiar “La Escuela de la Familia de Bailique”, que además de implementar el currículo nacional, enfatizará la enseñanza y promoción de habilidades técnicas apropiadas para la vida en el bosque.

El desarrollo de los protocolos comunitarios puede ser visto como una herramienta para el diálogo.  Cuando los certificadores se encontraron con el problema de la seguridad de sus cultivadores, la comunidad estaba preparada para llegar a acuerdos en igualdad de condiciones y en base a su experiencia y conocimiento local.  ¿Cascos al trepar? Entorpecían el trabajo de cosecha. ¿Cinturones con arneses para trepar? Impedían que los recolectores crucen a otros árboles ya estando arriba. ¿Estuches para los machetes?  

Se llegó a un acuerdo. Los machetes, debían ir en estuches que aislen la navaja. Los cascos y los cinturones, por otro lado,  eran opcionales, ya que su uso no correspondía con la realidad y la experiencia de los cosechadores.  También se puso un límite a la altura a la que podrían llegar las palmeras, por seguridad y “para proveer sombra para otras plantas”. Fue un diálogo fructífero; la comunidad que encontró el comité de FSC estaba organizada, había identificado exactamente lo que necesitaba y lo que podía garantizar con su trabajo.

Fue un gran logro. Para Geova Alves, presidenta de la Asociación de Bailique, “la certificación es importante porque logra traer dentro de la comunidad conocimiento, valorización y posibilidades para mejorar la vida de una forma mucho más completa y estructurada.” El protocolo también ayudó a que los miembros de estas comunidades identificaran la precariedad de sus derechos y los riesgos que corría su seguridad territorial ante intereses ganaderos. Al ser también un proceso de documentación y aprendizaje sobre legislación nacional e internacional, estas comunidades ahora se están preparando para dialogar con el gobierno y, de ser necesario, luchar por su territorio y sus recursos naturales .   

El açaí de Bailique revierte la relación entre la organización comunitaria y la comercialización. Lo comunitario en este caso condujo, después de un proceso interno de construcción, a la opción comercial. Los participantes se organizaron y luego identificaron una estrategia efectiva para generar ingresos y proteger su territorio. Fue un proceso enriquecedor en muchos sentidos. “El protocolo permite que se encuentren la ciencia y el conocimiento tradicional”, explica Ramos. Se trata efectivamente de encuentros: el conocimiento tradicional con la ciencia de las certificadoras, la conservación forestal con organización comunitaria y el açaí con nuevos mercados.

Y están buscando compradores.


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